El silencio de los inocentes

El silencio de los inocentes

Esta es una verdad aprendida por las malas: Las palabras duelen, pero el silencio mata.

¿Cuántas veces tuve que guardar silencio en mi vida? Demasiadas. ¿Cuántas veces me enfrenté al silencio de los “buenos”? Demasiadas. Los silencios en la mesa de la cocina, en el comedor en navidad, en el salón cuando entraba, el silencio es una barrera, un arma pasivo-agresiva, una estrategia para desestimar e invisibilizar al diferente. El silencio duele y puede herir mucho.

En el mes de abril, desde hace ya muchos años, conmemoramos todos los silencios de nuestra vida, haciendo que el silencio, paradójicamente, se escuche, aplicándolo nosotros y nosotras. Un voto de silencio de un día, por todo el silencio que recibimos.

Muchas veces, no fuimos capaces de dar nuestra opinión, porque es “de mala educación” hablar de ciertas cosas. Muchas veces, nos tuvimos que tragar nuestros sentimientos, porque “no eran normales”. Muchas veces no pudimos demostrar nuestros afectos, porque “no era el lugar”.

Recibimos silencio en el aula de clases, donde no se habla de nosotros dentro de las clases de sexualidad, porque “no existimos”, o “no deberíamos existir”. Recibimos el silencio de las fuerzas de seguridad pública, que no investigan las agresiones que recibimos, porque “nos lo merecíamos”, “si hubiera sido normal, nada le habría pasado”. Recibimos el silencio de las autoridades porque “esa no es una familia”. Recibimos un gran silencio de los ministros de culto y de los creyentes, porque “esas cosas son del Diablo”.

Recibimos silencio en la familia, porque “así no es como te eduqué”, porque “no se vaya a enterar el abuelo/la abuela”, porque “¿qué van a pensar de mí, como padre/madre?”.

En el ambiente de trabajo, porque “esas cosas no las apoya la empresa”. En la universidad, porque “puedes ser como quieras en tu casa, pero que te conviene no darte a notar aquí”.

Quienes nos rechazan sin conocernos pueden hablar en televisión, en  internet, en el púlpito. En los Partidos Políticos muchos aspirantes a puestos públicos dicen que estar en contra de la agenda LGBT es “proteger a la familia”, y quieren que los elijan y los aplaudan por ello.

Hay un silencio en las investigaciones psicológicas, antropológicas, históricas y hasta literarias sobre nuestra existencia y en la manera en la que nos integramos y contribuimos a la sociedad.

Sí, parece que estamos en todos lados; parece que esa discriminación se redujo, y claro que, cansados de tanto silencioo, hacemos marchas muy vistosas con colores y bailes y banderas y que eso basta, pero no basta.

Porque una cosa es que hagamos un desfile o dos al año, y que tengamos espacios más seguros que hace cincuenta años, pero en esto, les juro, amigos y amigas heterosexuales cisgénero, sólo el que carga el costal sabe lo que carga adentro.

Sí, la discriminación se está combatiendo, y enemos a muchas personas que agradecer, activistas, aliados e investigadores, pero en la vida diaria, el silencio sigue existiendo, y sigue importando.

Mientras tengamos que asegurarnos de estar en un ambiente seguro para hablar, para expresarnos, para dar muestras inocentes de afecto, entonces el muro de silencio sigue existiendo.

Mientras haya personas que tengan que huir de un ambiente familiar, escolar o laboral hostil, por más que haya leyes contra la discriminación, ese muro sigue existiendo.

Mientras no pueda decirle Mi Amor a mi novia en frente de quien sea, ese pinche muro sigue existiendo. 

Nuestros sentimientos valen, son importantes, son parte de nosotros, y no, no son un asunto privado. Si otras personas pueden expresarlos, nosotros también deberíamos poder hacerlo.

Nuestras formas de expresión son parte de nuestra identidad, de nuestra esencia, y son NORMALES, es NORMAL quién está dentro el común de la escala, y es NORMAL es que haya personas que estén fuera de la escala.

Estamos en el momento histórico de reivindicar todos los siglos de lucha para ser reconocidos y aceptados por la sociedad. Porque ese silencio sobre y alrededor de nosotros nos ha impedido acceder a todas las prerrogativas y derechos que, como ciudadanos honestos, trabajadores y decentes que somos, se nos han negado.

Somos, existimos, y tenemos igual necesidad de expresarnos, de hablar y de ser escuchados que cualquiera. Tenemos el derecho a estar en cualquier institución, ya sea educativa, del gobierno, de la cultura, que cualquier otro.

Tenemos las mismas capacidades básicas que cualquier persona; no aprendemos, ni trabajamos, ni formamos lazos de amistad de manera diferente. Sólo nos relacionamos íntimamente y nos expresamos en nuestra personalidad de manera diferente, y eso NO es malo, ni es UN PELIGRO para nadie.

Este mes, nos apropiamos del silencio, porque es un arma poderosa que hay que desactivar. Nos apropiamos del silencio para hacernos oír. Todavía es muy necesario hacer ruido para que nuestra lucha por la aceptación e integración avance, y si hay quien pueda hacerse el sordo cuando hablamos, no habrá manera de que pueda hacer lo mismo cuando callemos.

Es solo un día, compañeras, compañeros. Un voto de silencios por los que ya no pueden hablar, por el silencio que sufrieron nuestras generaciones precedentes, por todas las veces en que se nos exigió que nos calláramos. Esto es un cumplimiento malicioso. Si no nos quieren ver, ni oír, ni reconocer, pues por un día guardaremos silencio en protesta. Si salen que un desfile “no es la forma” de protestar, pues tenemos otras. 

Conmemoremos este día, y los que sean necesarios, hasta que ya no sean necesarios.

Amémonos en silencio, pero mucho, este día de abril.

Artemis Switch.

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