Día internacional en memoria de las víctimas del Holocausto

Día internacional en memoria de las víctimas del Holocausto

1945 no fue hace tanto como quisiéramos creer. Suponiendo que en 1945, un joven de 18 años (o menos en algunos casos) haya terminado su entrenamiento y sido mandado al frente, ese joven hoy sería un anciano de 93 años; no es muy probable, pero es posible que aún haya veteranos en alguna de todas las naciones involucradas.

Se nos olvidan muchas cosas, como que esta guerra se esparció por casi todo el continente europeo, el norte de África, toda la cuenca del pacífico asiático y prácticamente todo el Océano Pacífico. La memoria cinematográfica hace que recordemos la guerra como exclusivamente entre los estadounidenses y los alemanes, con alguna mención a los ingleses, a los japoneses y a los rusos. La Segunda Guerra Mundial fue gigantesca, llegando a niveles de crueldad y de genocidio nunca antes imaginados. Se nos olvidan muchas cosas.

Se tuvieron que recurrir a palabras extraídas del Viejo Testamento para poder abarcar la dimensión de ese horror: “Holocausto”, “Shoá” en hebreo; la catástrofe total, la ausencia de Dios en el mundo. Pero a fuerza de rodar el tiempo, hasta el sentido verdadero de esa palabra ha perdido fuerza.

Hagamos memoria, no aunque duela, sino porque duele.

Si no cumplimos con la difícil tarea de recordar, interpretar y asimilar nuestro pasado, todo el sufrimiento anterior del mundo habrá sido en vano.

A un amigo le escuche la frase, no sé si es suya, pero aquí está: “La Historia es la única justicia que existe, aunque nunca faltará el idiota, el ignorante o el perverso que se ponga del lado del criminal en su juicio”.

Sí, hay quienes niegan que eso ocurrió; hay quienes justifican los motivos por los cuales ocurrió; hay quienes lucran con la memoria de lo que ocurrió. No hay nadie que quiera tomar responsabilidad por lo que ocurrió.

Porque si 1945 parece lejano, más lejano es 1939, cuando Alemania invadió Polonia (México fue el único país en repudiar abiertamente el hecho en La Sociedad de Naciones); más lejos está el año 1933, cuando el Partido Nacional Socialista Alemán se hace del poder a golpe de terror y violencia, y más lejos quedan los años formativos de los líderes, ideólogos, protectores y patrocinadores de ese movimiento, con alcances internacionales, con representantes en cada país europeo y dictadores en Italia y España. 

El nombre en ese momento de ese movimiento es otra palabra que ha perdido fuerza de manera exponencial: se llamaba y se llama Fascismo, y sigue existiendo, y sigue siendo peligroso, y si lo permitimos, puede volver a incendiar el mundo.

Se nos olvida que los campos de concentración no sólo explotaban y ejecutaban a prisioneros de origen judío; en los campos cayeron polacos, gitanos, minorías étnicas y lingüisticas, artistas considerados “pervertidos” por los fascistas, cayeron comunistas, anarquistas, socialdemócratas, discapacitados físicos y mentales, prisioneros de guerra y, por supuesto, también, homosexuales y transexuales.

Está documentado que había por lo menos 10 criterios, todos arbitrarios, que le podían ganar a una persona un pasaje a Auswitch, a Sobibor o a lugares igualmente monstruosos. El mismo amigo de la frase anterior suele decir “Mira, no soy gay, ni judío, pero a mí me hubieran levantado por al menos 3 causas distintas”.

Se nos olvidan tantas cosas, como el hecho de que uno de los símbolos de orgullo de la comunidad LGBT es un triángulo rosa invertido, que era la señal que llevaban los prisioneros homosexuales en sus uniformes de prisionero; fue puesta ahí para marcar, segregar y humillar. Tomarlo como símbolo es una demostración de que, pese a lo peor que nos hicieron, seguimos aquí.

El día 27 de enero se conmemora la liberación del más grande campo de prisioneros nazi, el de Auschwitz. La lucha sigue, y es transversal e interseccional (ya llegaremos a lo que eso significa), porque una sola forma de discriminación incluye y justifica todas las demás.

Más allá del Fascismo, existen los Totalitarismos, que son regímenes políticos que pretenden uniformar a toda una sociedad para que no haga otra cosa que servir ciegamente al Estado. Los hay y hubo de izquierda y de derecha. Un régimen en el cual el Estado se involucre en la esfera íntima de las personas, que les diga que sólo hay una manera “permitida” de actuar, pensar, sentir, relacionarse; que les diga a sus “ciudadanos” que deben creer, y que no hacerlo cómo el régimen autorice es un acto de “traición”, es un totalitarismo.

Actuar, pensar, sentir y amar, dentro del respeto a los derechos humanos y dentro de un margen legal sensato y moralmente adecuado, deben ser actos de libertad, y cuando no se es libre de hacer todo eso, entonces hay opresión, odio, no hay libertad de expresión, y recuerden: “donde empiezan quemando libros, acaban quemando gente”.

Los Totalitarismos no están derrotados; amenazan con resucitar en muchas partes del mundo, y en algunos rincones, todavía reinan. Aprovechemos para recordar todos a todos, de estar todas para todas, de no dejar que el odio destruya nuestra libertad y nuestra humanidad. Es doloroso, pero mirar hacia otro lado y pensar que si no se habla de esas cosas estaremos seguros, fue lo que les pasó por la cabeza a millones de personas en Europa durante los años previos y hasta el fin de la Guerra. Cuando quisieron hacer algo al respecto, ya no pudieron, y alrededor de 60 millones, MILLONES de personas, entre civiles, soldados y prisioneros, murieron a causa de esa ceguera global, de esa apatía política, de esa falta de empatía, de creer en los discursos de odio, de renunciar a la libertad propia y denunciar la libertad ajena.

Recordemos, aprendamos y actuemos, para que nunca más un alma rota escriba desesperada y triste en la pared de una barraca de prisioneros: “Si Dios existe, va a tener que rogarme a mí que lo perdone”.

Artemis Switch.

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