LLAMANDO A LOS CASCOS AZULES

LLAMANDO A LOS CASCOS AZULES

Les dejo al final el enlace a la página, pero sí, es verdad, la lucha contra la discriminación llega hasta las instancias más altas, la Corte Penal internacional y la Organización de las Naciones Unidas. En pleno siglo XXI, ya llegando a su primer cuarto cumplido, la discriminación sigue siendo legal en 65 países (vamos de ganancia, a principios de siglo eran más de 90), y se puede condenar a alguien a muerte por ser LGBT en 8 de ellos. Nos falta un buen trecho todavía por andar.

Lo dijimos hace una semana: “una sola forma de discriminación que se tolere, valida todas las discriminaciones”. Las Naciones Unidas tiene una Declaración Universal de Derechos del Hombre y del Ciudadano desde 1948, y bueno, lo sabemos, hay naciones enteras donde es menos que letra muerta.

Debemos darnos cuenta de que vivimos en una sociedad más justa que hace décadas, pero que no vivimos en paz. Existe en Latinoamérica y México (para los que dicen que siempre me voy a ejemplos extremos en países remotos) una cruel cultura de violencia contra la mujer (el reciente caso Debanhi, en Monterrey, para no irnos lejos); de violencia contra la niñez (el hecho de que México sea un destino para el turismo sexual infantil es lo más vergonzoso de ser mexicano, y que exista en el mundo el “turismo sexual” es lo más vergonzoso de ser humano); existe violencia escolar; existe violencia por clase, por pertenencia a pueblos originarios y, por supuesto, violencia hacia los miembros de la comunidad LGBT.

Todas las luchas contra la violencia son importantes, y todas son urgentes. Es obvio que proteger al 51% de la población mundial es una prioridad mayor, pero no es una lucha diferente, porque el origen de la violencia contra las mujeres y el origen de la violencia contra el 4 o 5% de la población que sea diversa es el mismo: es la masculinidad tóxica, el prejuicio, el dogma, la impunidad y el silencio de la autoridad ante una violencia que cree que “no es de su competencia”.

El origen primordial de la violencia es pensar que hay quienes “se la merecen”, o que “tienen derecho sobre otros”, y que saben que saldrán impunes de sus actos, o que las consecuencias serán menores porque “no atacaron a alguien normal”.

La violencia existe, y los números son escalofriantes. Casi 30 embarazos al día de menores de 14 años; una mujer desaparecida en el país cada 40 minutos, cientos de crímenes de odio en lo que va de la década sin que haya prácticamente detenidos, el número de asesinatos por 100,000 habitantes que hacen de cinco, cinco ciudades mexicanas las más peligrosas de América latina.

Sí, estoy diciendo que la violencia de unos contra otros, de persona a persona, puede surgir debido a que hay algo fundamentalmente malo en la sociedad. La solución a la violencia debe ser social, partir de la educación, del respeto a una ley igualitaria y garantista, de una comprensión entre pueblos y naciones, entre etnias y culturas, y de una espiritualidad que nos hermane más que de dogmas que nos dividan.

Este mundo es nuestro, y su condenación o salvación viene de nosotros. Todo lo que te sea indiferente lo que sufre otro ser humano, es la indiferencia que el mundo tendrá para ti después. Es increíble que un caso criminal sólo se solucione, a medias, o de manera sumaria o sospechosa, cuando se hace mediático. Resulta que ahora la justicia solo sirve si es televisada.

Conozco la violencia. La he sentido. me ha dolido. He escuchado la frase de “eso es lo que te mereces por ser tan $#/)=”. El mundo es un lugar cruel, y esto no se va a arreglar hasta que los Estados, las Naciones, los Países cumplan con su razón de ser y de existir: garantizar la vida, la paz y los derechos de todas las personas, sin que importe nada más que el hecho de ser personas, de ser humanos, de existir al margen de cualquier circunstancia, condición o preferencia que no dañe a nadie.

Vivir duele, pero si tenemos la ocasión de vivir, y la posibilidad de amar, hay que pelear duro por nuestro derecho a ser libres y a ser felices, y hay que GRITAR, en la calle, frente al Congreso del estado o de la Nación; hay que sacar las banderas, hay que afilar las credenciales de elector, hay que exigir en los juzgados, hay que hacer todo lo que podamos, unos por otras, todas por todos, hasta que la violencia sea algo que nos cueste comprender en libros de Historia en la que no nos reconozcamos.

Artemis Switch.

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