LUCHA INTERNA, MIS DEMONIOS Y YO

LUCHA INTERNA, MIS DEMONIOS Y YO

Estoy escuchando “Boys don´t cry”, de The Cure, y eso me trae recuerdos. La vida no es fácil para nadie, porque por muy bien que las cosas vayan afuera, todos tenemos algo más adentro: inseguridad, miedo, frustración, dudas, las opiniones ajenas que se filtran y contaminan la imagen propia, los rechazos y los fantasmas de malas relaciones y de amistades perdidas en el camino. Todo eso genera ruido y nos pasa a todos y a todas, pero la manera en la que estas cosas afectan a una persona que pertenece a una minoría sexual, es muy particular y muy dura.

Y es que nosotr@s escuchamos, desde que somos muy pequeñ@s, mil opiniones prejuiciadas y sin bases sobre nuestra vida, nuestros cuerpos, nuestros sentimientos, muchas personas tienen “clarísimo” que nosotr@s estamos mal, estamos loc@s, estamos enferm@s, estamos confundid@s e iremos derechito y sin escalas al Infierno, aunque nunca han leído nada sobre nosotr@s ni conozcan de cerca a una persona trans. Aún así creen que su opinión es más válida que décadas de investigación histórica, antropológica y de estudios de género. En serio, alguna vez mandé por mensaje la foto de los libreros sobre el tema que hay en una biblioteca de universidad pública con el texto “sí, tu opinión es más válida, seguramente, que la de todos estos académicos”.

Vivimos en un mundo en el que todos opinan, pero nadie se informa, y no pretendo que todos estén educados en el tema, es demasiado pedir, pero lo que yo quisiera, es que al menos más gente estuviera sensibilizada a que existen mundos distintos a su experiencia personal. Que admitan que hay más de una manera de vivir y de sentir. Que hay personas que son honestamente diferentes que merecen ser reconocidas en su forma de ser, sentir y relacionarse, y que deben tener los mismos derechos, porque eso sí, todos y todas debemos ser iguales ante la ley.

Y no es lo que duele, y no es lo difícil que es tener que estar todo el tiempo recibiendo tanta negatividad, es lo que CANSA. Es muy cansado. Les seré honesta, a veces me retraso en escribir esta columna, por mucho que me guste escribirla y por muy agradecida que esté por este espacio que me han dado, porque a veces es volver a confrontarme con viejos temores, miedos e inseguridades. Me ponen muy feliz las porras que he recibido, las felicitaciones y los abrazos que me mandan, pero no faltan los comentarios negativos, las descalificaciones, los insultos. A veces de verdad no tengo fuerzas para abrir el archivo y escribir.

Dicen por ahí que una no puede saber qué tan fuerte es, hasta que no le queda otra opción más que serlo, y eso es cierto. Esta última recta de mi proceso ha sido la más difícil, pero es la última parte de algo que desde el principio fue duro, y después, la lucha seguirá, porque el mundo en el que quiero vivir todavía no existe; un mundo donde pueda demostrar mis afectos en público; donde no sea tratada con desprecio ni con condescendencia; donde tenga la posibilidad, en cada estado de la república, y ya puestos a hablar globalmente, en cualquier país del mundo, de unirme civilmente con una pareja con completa libertad; de adoptar, en caso de que formar una familia con hijos sea el plan de vida que decida con mi pareja (honestamente, yo, todavía, no estoy lista para eso, y quizá nunca lo esté, pero quiero tener la opción abierta); un mundo donde pueda trabajar en donde quiera, sin maledicencias ni prejuicios, junto a otras personas; un mundo donde no corra un riesgo real de ser asesinada en la calle solamente por ser quien soy.

Si, a veces el miedo sale del fondo y muerde y hiere. A veces te gana el temor de que, si culminas tu transición, vas a ser el blanco de más y peores formas de violencia y de rechazo. A veces una piensa, tontamente, que fingir para estar “segura”, es una buena opción, una opción real. Por fortuna, eso pasa cada vez menos, pero sucede y lastima. La verdadera única opción es seguir adelante, asumir los riesgos con valentía, cuidarse en la medida de lo posible y alzar la voz para construir el mundo en el que quiero y en el que pueda vivir.

Cada noticia mala es un golpe fuerte. Hace algunos días (no sé en que fecha este post será publicado), un joven gay y activista fue asesinado a dos cuadras de su casa en la ciudad de Guadalajara, y como la policía no tiene un protocolo especial para crímenes de odio, se habló de tipificarlo como feminicidio, lo cual es muestra de la incomprensión de las instituciones hacia nosotr@s. 

El miedo existe, y no hay nada que canse más que vivir con miedo. Pero no debe ser el miedo lo que defina nuestras vidas, sino el valor. Le deseo a la familia de Jonathan Santos que el crimen sea resuelto, que es poco consuelo, pero que es lo menos que se espera de la justicia en este mundo. Estamos muchas personas trabajando, desde donde estamos, desde lo que nos toca, por construir un mundo donde estas cosas ya no ocurran. Se los debemos, a él, y a much@s más.

Me gana otra vez el sentimiento. Lo siento, así es como a veces salen las cosas. Un mundo donde alguien tenga que vivir su identidad con miedo, con culpa injustificada, con vergüenza impuesta desde afuera, con riesgos reales a su dignidad, integridad física y a su vida simplemente por pertenecer a una minoría en cuanto a la manera en la que vive su sexualidad y expresa su género, no es un mundo bueno; no es un mundo justo; no es el Reino de Dios en la Tierra; no es la una república democrática; no es lo prometido en el Himno a la Alegría, el nuevo sol “donde los hombres volverán a ser hermanos”.

Con el sentimiento a todo lo que da, su amiga.

La Princesa Sapo.

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