Mi proceso

Mi proceso

Bien, es hora de ponernos personales, querid@s lector@s. Me han seguido hasta aquí, en todos los post en los que he querido informar y concientizar acerca de cuestiones de sexualidad, preferencia, género y sobre la condición trans. Había querido ocultar si el beso del príncipe me iba a convertir en príncipe o princesa, pero eso ya no se puede ocultar, nací sapo, seré princesa.

No puedo explicar de manera clara y en corto cómo fue que me descubrí diferente, sólo puedo decir que, desde siempre, me sentí más identificado con las niñas que con los niños; que siempre preferí su compañía, que quería vestir cosas bonitas, como ellas, que quería ser hermosa.

Y el patio de la escuela es cruel. Encajar era lo más importante. No podía decirle a nadie cómo me sentía, para no ser agredido o separado. No se trataba, todavía, de un asunto de sexo; eso no llegó hasta la pubertad, pero la expresión de género empieza desde mucho antes, desde que tienes ideas propias, desde que tienes deseos de opinar sobre cómo te quieres ver, vestir, actuar. 

A muchos les escandaliza que un niño empiece a manifestar estas cosas cuando no corresponden a su sexo biológico, pero se toma a la ligera y hasta se bromea con preguntas insidiosas como: “¿y cuántas novias tienes?” o parecidas, cuando es lo que esperan de uno. Fui un niño muy sensible, y la educación de “los niños no lloran” me hizo daño.

Salir del closet no fue tan difícil, porque se notaba mi inclinación desde pequeño y a tres kilómetros de distancia. Aún así, ir en contra de lo que socialmente se acepta como “normal”, no es fácil, ni en la familia, ni en la escuela, ni en la interacción social.

Acá otra distinción, y perdonen si me vuelvo a poner académica. “común” y “normal” no son lo mismo. Lo que sucede sin intervención expresa de nadie es natural. La diversidad existe por razones naturales (les juro que ya llegaré a eso en el próximo post). Lo que funciona para el 95% de la especie humana no tienen necesariamente que funcionar para mí, y obligar a alguien a vivir como no quiere, sólo por el “que dirán”, es una forma de violencia psicológica y social terrible.

Hace 10 años había menos información. Tardé mucho en llegar a las personas adecuadas para iniciar el proceso que estoy a punto de terminar (al menos en lo quirúrgico). Para empezar, por mucha claridad que se tenga en lo que se quiere desde temprana edad, las decisiones que se tienen que tomar para una transición son decisiones que debe tomar una persona adulta, así que el proceso empezó a mis 18 años y 3 días.

Y no, no es que de inmediato me dieran un shot de hormonas. Antes me explicaron cuáles debía de tomar, por qué, por cuánto tiempo, y los cambios que iba a tener y qué iba a sentir. Sólo hasta que estuve completamente informada, me tomé la primera dosis.

Mi cuerpo siempre fue delgado y andrógino. En el tratamiento se vio que siempre estuve bajo de testosterona, así que las hormonas femeninas me resultaron muy efectivas, pero aún así, cambiar a tu cuerpo de hormonas es un proceso agresivo. Alguien, no recuerdo quién, lo comparó con cambiar el aceite del motor con el motor en marcha. Así se sintió.

La cirugía de reasignación de género es el final del proceso, por ser irreversible. Es algo tan definitivo, que de verdad se tiene que estar comprometido con el proceso. Parte del rechazo a la idea la entiendo, pues requiere de extirpar órganos sanos y funcionales, lo que para muchos, es una locura. Sí, están sanos, y sí, teóricamente son funcionales, pero no son lo que yo quiero tener; no los voy a usar para lo que sirven; no me identifico con ellos; y como son parte de MÍ cuerpo, debe ser MI decisión. volveré a esta parte después, en otro post sobre mi proceso.

Después de escribir sobre las razones biológicas de la diversidad, les hablaré de la primera parte quirúrgica de mi proceso. Hablar tanto de mí, me ha dejado cansada.

Los quiere, la Princesa Sapo.

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