MUXES: QUÉ PODEMOS Y QUÉ NO PODEMOS APRENDER DE ELLES

MUXES: QUÉ PODEMOS Y QUÉ NO PODEMOS APRENDER DE ELLES


Antes que cualquier otra cosa, tengo que aclarar que soy una persona no-indígena, que no habla ninguna lengua originaria, que ha vivido toda su vida en núcleos urbanos y que estudió una ingeniería, nada que ver con antropología, etnolingüística, historia, sociología o disciplinas similares, y si hasta a lo New Age llegamos, nunca he ido a un temazcal ni uso ropa o adornos o joyería artesanales.

Entendido esto, para evitar un falso indigenismo que hace más mal que bien a los pueblos originarios, a los que hay que tratar y entender con respeto, sin tergiversar, adaptar ni apropiarse de culturas ajenas para fines propios, lo que quiero decir es que tenemos en el país, bastante cerca de nosotros, al menos en lo geográfico, a una cultura que funciona bastante bien reconociendo más de dos géneros. No son la única en el mundo, ni en la historia, pero como digo, es la que nos queda cerca y podemos ver, desde afuera y con respeto, que el orden social, la familia y la cultura no colapsan cuando se rompe el binarismo de género.

Los datos los tomo, en su mayoría de un artículo de Marinella Miano Borruso, de la Escuela nacional de Antropología e Historia, y publicado por la UNAM, disponible aquí: https://www.revista.unam.mx/vol.11/num9/art87/art87.pdf

Bien, entonces, partamos de que cada cultura crea sus arquetipos de masculinidad y de femineidad, y que las particularidades pueden ser muy diversas y hasta contradictorias de una cultura a otra. En la cultura del pueblo Zapoteca, en el Istmo de Tehuantepec, existen hombres que no solo practican el homoerotismo y la homosexualidad, que son prácticas socio-sexuales, sino que abrazan una identidad que va más allá de lo Trans, porque no se identifican únicamente como mujeres, lo que sería ser Transgéneros, sino que tienen su propia identidad, sus propias funciones sociales dentro de la comunidad y forman parte de la cultura y de la historia de su pueblo.

Estas personas, llamadas Muxe, que son una minoría dentro de un grupo originario, que también es minoritario, se enfrenta doblemente a la discriminación de la cultura occidental, católica y capitalista que ha introducido, a la par de otras cosas, fenómenos de transculturización que amenazan a la lengua zapoteca, al modo de vida de la comunidad, a la continuidad de sus tradiciones y de su cultura. Todos los pueblos originarios del mundo, más temprano o más tarde, más lenta o más violentamente, se enfrentarán a la homogeneidad de la cultura global.

Y acá hay tela para cortar de todos lados. No faltará el que, bienitencionadamente, quiera promover servicios médicos Trans a los Muxes, pensando en que sería bueno para ellos. Quizá sí, quizá no, porque eso excede lo que social y culturalmente constituye su costumbre. Habrá quien, bienintencionadamente, crea que su cultura se equivoca y les hable de la pecaminosidad de sus prácticas y de la salvación de sus almas. Esas “Buenas Intenciones” no vienen de hacer un bien real a las personas, sino de querer hacerlas pensar y vivir como uno mismo, pensando que eso es mejoría, cuando ni al caso.

Ante la epidemia del VIH/SIDA, los Muxes tomaron muy en serio su papel de guías, protectores y consejeros de la comunidad, y fueron quienes llevaron a cabo las campañas de prevención y concientización necesarias. Los Muxes participan en la política local; los Muxes representan la tradición de sus pueblos originarios y, en lo general, son personas muy respetadas.

¿Significa esto que, en la sociedad occidental, deberían darnos la misma importancia a los Trans que se le da a los Muxes en sus pueblos originarios? Por supuesto que no. Los Muxes son educados y preparados para esos roles. Lo que sí quiero decir es que, sin pretender hacer una apropiación cultural, es que en una sociedad que no rechace a las personas por cuestiones tan íntimas y personales como su identidad y expresión de género, las personas se sienten validadas y pueden ejercer el rol social que mejor les convenga, en beneficio de todos.

Por el contrario, y eso lo vemos en nuestra “avanzada” cultura occidental, las personas no validadas por la sociedad tienden a caer en conductas autodestructivas, en los llamados “giros negros”, por falta de oportunidades laborales, y caen también en un círculo vicioso que los va aislando e invisibilizando más y más.

Ojalá la comunidad Zapoteca, y los Muxes dentro de ella, puedan transicionar a una integración a la cultura occidental de una manera en que se conserve la mayoría de su patrimonio cultural y sus elementos de identidad, al mismo tiempo en que mejoren su forma de vida, sus ingresos y su participación ciudadana. Eso se lo deseo a todos los pueblos originarios de México y el mundo, pero para eso no solo ellos deben de cambiar y de adaptarse. Los occidentalizados debemos aceptar que nuestros sistemas de valores no son los únicos; que cualquier forma cultural que no sea lesiva a los derechos humanos o al Código Penal es válida; que la libertad religiosa es un prerrequisito indispensable para la vida democrática y que la identidad cultural es un bien intangible de toda la humanidad, manifestada a través de sus integrantes, que deben ser tratados con toda la dignidad de ser tan ciudadanos como la persona más vainilla del planeta.

Sin violentarlos, sin ponerlos en el microscopio, sin imponer nuestros juicios preconcebidos sobre ellos, sin usarlos políticamente y sin querer cambiarlos, podemos aprender mucho del pueblo zapoteco, y de sus Muxes también.

Artemis Switch.

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