Prácticas, orientación e identidad

Prácticas, orientación e identidad

Okey, esto es un asunto difícil, y espero que este año 2020 sea en el cual por fin podamos resolver las diferencias entre lo que son las prácticas sexuales, la orientación sexual y la identidad sexual y de género. Como dijo el descuartizador, vámonos por partes.

La gente, los humanos, todos, somos seres que tienden al placer, y dónde lo encuentren es algo personal, diverso, casi impredecible, aunque es natural que surjan comunidades que practiquen cosas parecidas y que se vuelvan tendencias. Hay quienes encuentran placer en el dolor, y entonces hay comunidades sadomasoquistas; hay quienes se excitan disfrazándose de animales, y entonces está la comunidad furry. Lo que le excite a cada quien, mientras sea entre adultos informados, responsables, y de manera voluntaria, debería estar perfectamente permitido y quedarse en la esfera personal e íntima de cada persona.

Esas son las prácticas sexuales, y si existen las prácticas que se dan en comunidades pequeñas, también hay prácticas que se vuelven sociales, que abarcan a toda una sociedad y están normalizadas en en ella. En gran parte del mundo antiguo no hubo una identidad basada en la preferencia. En el mundo griego clásico, la conducta bisexual estaba normalizada, y se esperaba que un hombre próspero y culto tuviera a su familia, que también visitara a las Hetairas, mujeres instruidas con quienes pasar el tiempo y tener relaciones, y además tuviera un mancebo, un jovencito protegido al que instruyera y con el que también tuviera sexo. Eso era lo normal. No hacerlo así, era ser posible víctima del “qué dirán”.

Independientemente de las prácticas sexuales sociales, están las preferencias, que son personales. Cumplir con las exigencias sociales en lo público, y satisfacer las preferencias personales en lo privado, ha sido motivo de conflictos y de circunstancias poco saludables en algunos momentos. Ser un intachable Gentleman de la sociedad victoriana en Inglaterra de día, que toca a su esposa prácticamente tres veces al año para buscar descendencia, y satisfacer la líbido de noche en el distrito Whitechappel, dio como resultado que Londres, en su época más “moralista”, fuera un hervidero de prostitución de todo tipo. Como les digo, no es nada saludable que la sociedad exija una conducta arbitraria, que no tome en cuenta las prácticas verdaderas de las personas. Hablar de estos temas de manera abierta reduce el mercado del sexo clandestino y de las prácticas de explotación sexual (esto es un gran tema del que hablaré después).

Las personas descubren sus preferencias sexuales a ensayo y error. Literalmente, jugando al “me gusta, no me gusta”, deshojando la margarita. Si lo hacen sin presión social y sin prejuicios, muy pronto descubren de qué lado están y se acomodan en su lugar del espectro del arcoiris donde se sienten cómodos. Esto es relativamente fácil para los heterosexuales, que también tienen sus traumas en su desarrollo psico y socio sexual. En esta sociedad occidental, en este momento, los diversos seguimos teniendo severos problemas de aceptación, valoración y visibilidad… Y fuera de occidente, los problemas no son esos, sino más graves, como el derecho a la vida, sin ir más lejos.

Debido a estos problemas de aceptación e integración social, es que lo que debería ser sólo una práctica sexual legítima, una preferencia sexual normalizada, una expresión de género absolutamente personal, se convierte en una identidad. Quiero decir, el rechazo es lo que nos ha obligado a definirnos, organizarnos, nombrarnos, reunirnos en espacios propios; acordar objetivos comunes; tener una agenda política; adoptar referentes culturales, artísticos, filosóficos. La comunidad se formó como resistencia al acoso sistemático. 

Ahora existimos, luchamos por nuestro derecho a expresarnos. Al buscar resolver las contradicciones entre la moral pública y privada de la sociedad; al querer abrir el diálogo entre lo que es natural y aceptable en el terreno de lo sexual y de la expresión del género, no sólo estamos luchando por nuestros derechos, sino por el derecho de todas las personas a ser, sentir, expresarse y buscar su placer y felicidad como mejor les parezca, de la manera más sana en que se pueda.

Deseándoles lo mejor, La Princesa Sapo.

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